HEMOS PUESTO APELLIDO A CARLOTA
 

Difícil resuelta al aspirante a historiador -como es mi caso- de Rosales comunicar la alegría que supone poner junto a un nombre - citado varias veces por el pintor en su "Diario" - su apellido, su ciudad natal, su edad, el nombre de sus hijos aunque de uno ya constaba, sus edades.

Del primer amor de Rosales conseguí con el pequeño indicio de una nota que me proporcionó Carmen Santonja, biznieta del pintor, y la ayuda inestimable del Archivero Nicolás Sanz Martínez, saber que (Ceferina) Teresa se apellidaba López Martínez que se casó el 31 de marzo de 1860 con un empleado de Correos Agustín Medrano, cuyo expediente -nada halagüeño- pude leer en el Archivo de Correos. Murió de posparto de su primer hijo: Guillermo. Tenía 19 años.


Estos datos, por escrito, tuve la deferencia de compartirlos con personas interesadas en Rosales. Después me enteré que habían sido publicados, sin citarme, por una tercera persona, usando documentos por mí copiados y añadiendo otros. Con el gran y desasosegado amor de Rosales: Carlota, he tenido por ahora suerte. La suficiente para saber algo más de ella.

Carlota Giuliani nació en Velletri, pueblecito en las cercanías de Roma en el año 1833, llevaba pues tres años de edad a Rosales cuando se conocieron a finales de 1857. En ese año ya estaba casada y tenía dos hijos: Gustavo de tres años y Ernesto de dos. Vivía en La Via de la Purificazione nº 62.
Pertenecía a la Parroquia de S. Vincenzo e Anastasio a Trevi, sita en la misma plaza de la Fontana.

Con ella vivía Giuseppe Gelardi de 27 años de edad, natural del Piamonte y de profesión camarero.

También vivía con ellos Teresa Galli, como criada, natural de Albano, de 12 años de edad.
En noviembre de 1858 Carlota cambió de residencia. También sabemos su nuevo domicilio.
¿Qué sabíamos de Carlota? 1º: Su nombre, 2º: que convivía con Giuseppe, que era camarero, 3º que tenía hijos y que uno de ellos se llamaba Gustavo.

No estaba claro que Giuseppe fuera su marido, no lo era. De ella si consta que estaba casada. Y que vivía en la Via de la Purificazione frente a Rosales. Ahora sabemos su apellido de donde era natural, su año de nacimiento, el nombre del segundo de sus hijos y sus edades. El nº de la casa que habitaba ( hoy reformada pero conservada). Como Rosales vivió frente a ella sabemos que el habitó en el nº40 de dicha calle.(No se enumeraban las calles por pares e impares).

Carlota, 1858
Dibujo a lápiz/papel 13 x 19 cm
Colección particular.

El número 62 es el que corresponde a su domicilio de la via della Purificazione

La puerta de la casa de Carlota

Estado actual de la casa donde vivió Carlota en Roma, semejanzas y pequeñas diferencias pueden compararse en el dibujo que Rosales la hizo. Obsérvese como se ha conservado el mosaico que indica el Nº 62 de la Vía Della Purificazione y el balconcito del que habla el pintor.

 
 

Carlota, 1958
Acuarela sobre papel 15 x 10,8 cm
Colección particular.

Academia. Desnudo femenino (Carlota?) 1859
Lápiz carboncillo sobre papel 57 x 36 cm
Colección particular.
HABLANDO DE CARLOTA
Carta de Eduardo Rosales a Ramón, su hermano, desde Roma entre 15 y 23 de noviembre. 1857

Pues, señor, bueno: en la vía de la Purificazione existe un cuartito principal, donde habitan tres jóvenes españoles que traen albototadas a todas las ídem del barrio. Dicho cuarto no puede ser más a lo estudiante; consta de una sala, y nada más. Y esto me recuerda aquello de "lista de la ropa blanca de mi hijo Crispín, que estudió en Salamanca": un calcetín, etcétera. Pero esta sala se comunica a la calle por dos ventanas, gracias a las que nos permitimos dirigir nuestras miradas a una bonitísima vecinita, que vive en frente, y que por más señas se ríe: lo cual, aunque parece que no dice nada, dice mucho.

A finales del año entablará relación con Carlota. Su joven corazón va a vivir la inquietud de ese amor los dos años siguientes.

El año de 1858 va a estar marcado por su pasional amor a Carlota y el recrudecimiento de su enfermedad que le va a llevar desde el 12 de septiembre al 9 de diciembre a estar ingresado en el Hospital de Montserrat. A partir de esta fecha, en año y medio, será hospitalizado en diversas estancias más de siete meses.
Su "álbum de notas" a partir del 12 de abril es un continuo debate entre el amor, el desengaño, los celos, el arrepentimiento, las consideraciones sobre su actitud ante la aventura. En cuanto a su enfermedad la deja en manos de Dios... y escribirá "...quiera Dios que todas mis desgracias no sean más grandes que las de tener que estar en el Hospital de Montserrat", pero llora al no sentirse mejor y acordarse de su hermano, tíos y primos. A finales de año Carlota se ha cambiado de domicilio, él ha adquirido serenidad y aunque la volverá a ver el ha conseguido "convertir mi fanático cariño en un afecto de pura amistad..." No obstante "lo que quisiera sería amar siempre y amar mucho". Seguirá viéndola en 1859 y a finales de octubre de ese año acaban las referencias a este atormentado amor.

Retrato de Carlota, 1862 (¿?)
Óleo sobre lienzo Ovalado 30 cm
Colección particular.

Autorretrato, 1863
Óleo sobre lienzo 34 x 39 cm
Colección particular

ALBÚM DE NOTAS. 1858

Abril 1858

"Abril 12, 1858. Hace ya cuatro meses que trato a Carlota. Hoy he estado a las siete en el Pincio con ella y su amiga Nana. No hemos hecho otra cosa que hablar de flores. Han robado unos cuantos botones de rosas que me han dado; las he puesto en casa en un vasito. Aprecio a Carlota quizá más de lo que debía; no sé si ella se lo merece: el tiempo lo dirá. Había revista de un batallón francés; cuando llegué, la música tocaba un coro de El Trovador. Me he encontrado con ella; a las ocho y media la he dejado para irme al Quirinal, donde he estado pintando hasta las cinco, en que he ido a Montserrat a ver a D. Ramón Puyol. No estaba."

"13. Me he levantado temprano; al asomarme a la ventana he visto salir al camarero, lo cual me ha puesto de un pésimo humor. Me está bien empleado, por ser tonto, y a fuerza de golpes se me irá quitando cierta cosa de niño que conservo aún. Confieso que he tenido un momento desesperado y el resto del día no lo ha sido menos. Si Dios me la quitara de delante, me haría un gran beneficio, porque cada vez voy conociendo más el daño que me hace verla, y porque necesito olvidarme de ella a toda costa. A esto de las ocho he ido al Pinzio. La pobre Jacinta, la chochara, estaba en Trinitá al Monti. Carlota y su amiga, con los niños, estaban paseando; siento haber ido porque el verla me ha hecho muy mal efecto; no podía mirarla a la cara sin inmutarme. Quisiera tomarlo a broma, pero me es imposible. Ha notado el descontento y creo haya sospechado el por qué. ¿Cuándo querrá Dios que empiece a conocer lo que me conviene? Al menos sacaré algún partido de las lecciones que nos da la experiencia y que a tanta costa recibimos. Cierta clase de amores le matan a uno a disgustos, envenenan nuestro corazón de joven, nos roban la alegría y la tranquilidad, y por todo premio, no consigue uno más que ponerse en ridículo y quizá servir de inocente instrumento a viciosos, aunque encubiertos deseos. A las ocho y media las dejé y me fui a pintar al Quirinale, lo cual he hecho mal y en poca cantidad."

"15. Vi a Carlota en el Pinzio. Estaba incomodada porque la dije infame; paseé con ella y su amiga hasta las ocho y media, en que fui a casa de Molins a firmar el grupo de Aznar y otros varios: después me fui al Quirinale hasta las cinco. Esto lo escribo aguardando a que den las doce de la noche."

Junio, 1858

"Hoy 24 de Junio, día de San Juan. He estado a las nueve en el Pinzio con Carlota. La he hecho llorar sin querer por el asunto de Prócida, que es su pesadilla, y yo he pasado un malísimo rato por lo de la Locarda. ¡Cuánto mejor hubiera sido no conocerla y qué bien merecido me tengo cuanto me pasa! Estoy aburrido cuanto es posible estarlo; la única esperanza que me queda es que se mude de casa o salir fuera de Roma este verano. Ella se desespera y con razón, y a mi me sucede lo mismo, aunque sin ella. Está empeñada en hacer un sacrifico para tranquilizarme, que yo no tendría vergüenza si se lo admitiera. Esto quizá me convence de que si no me quiere, por lo menos pretende guardarme las consideraciones y la lealtad convencionales a que se obliga una mujer casada al adquirir un compromiso. Debía despreciarme por majadero; si no lo hace, quizá consista con que le falta talento para comprender lo que a si misma se merece. Si no aprovecho la experiencia de los malos ratos que estas aventuras amorosas me han hecho pasar, no podré quejarme a nadie de lo que me sobrevenga; no tengo queja ninguna de ella ni motivo para sospechar que lo haya hecho por costumbre; al contrario. Hace algún tiempo que la Villa Médicis es testigo de lo expresiva que está conmigo; pero como padezco de manías, ahora me ha cogido una que me desespera y que temo me vuelva loco, según el efecto que me hace, y ésta es el temor de verla otra vez próxima a resadrem. Es cuanta niñada puede tener un hombre, y a quien se le contara, le haría morir de risa; pero a mí, es de pena. Quisiera concluir esto a toda costa; no me falta ánimo, pero mientras la tenga enfrente, es imposible, porque me asusta pensar que pudiera vengarse tan cerca de mi y en la habitación de que tan gratos recuerdos conservo."

Julio, 1858

"4 de Julio. Giuseppe viene muy a menudo a su casa; esto me tiene tan desesperado, que no sé lo que será de mí. Hace unas cuantas noches le sentí venir y tuve una noche horrible, y al día siguiente (sábado y 3) estaba fuera de mí. Carlota no se asomó sino cuando salió a la calle. Hoy por la tarde la he hablado en Trinitá al Monti; esta noche iré a su casa. A la una me he levantado; al ir a llamar me han embestido tres perros, y al ruido han abierto una ventana, por lo que he tenido que volverme atrás y dar la vuelta por Vía Felice y subir por la de S. Isidoro. Carlota aguardaba, apenas me he acercado a la puerta y dicho mi nombre; ha abierto. No quisiera acordarme; la dije que estaba desesperado y que si continuaba así no respondía de lo que fuera de mí, y que era preciso que concluyera todo, porque tenía que olvidarme de ella a toda costa. Se echó a llorar y no conseguí hacerla decir otras palabras que, "no quería hacer mi infelicidad". A las dos me despedí de ella; me dio un beso anegada en llanto y salí de aquella casa de la que tan hermosos recuerdos tengo y en la que confío en Dios no volveré a entrar porque sería mi desgracia. Traté de consolarme con cuantas consideraciones hallé, pero no me fue posible, porque no estaba para comprenderlo; no sé hasta qué punto llegará su cariño (si es que me lo ha tenido); pero si lo ha hecho por egoísmo, mal entendido será este, pues mis amores le han costado cien disgustos por cada rato bueno, y lo mismo me ha pasado a mí, aunque confieso que le tengo aficioncilla.

"Estoy muy contento porque he empezado a poner en práctica el proyecto de dejar estos amores que tantos sentimientos me han causado; ahora es preciso no echar a perder con una niñada el primer paso y principal, cual ha sido romper con ella. Si yo me hago fuerte y me sobrepongo a mí mismo, me habré salvado; ¡espero que así será! ¡Pobre Carlota! Al fin, conmigo era tan delicadamente expresiva, que me hace daño recordarlo y seguramente no se merece el mal rato que la he dado."

"Día 5. Carlota no ha abierto las persianas; he estado pintando en la galería Borghese, la Sibila de Guido, y he hablado algo con la cojita francesa. A las cinco fui a casa; al pasar por delante de la ventana de Carlota, ésta cerró la persiana. He estado durmiendo hasta las seis y media; al levantarme, por entre las hojas de las ventanas, he visto a Carlota en casa de la Sra. P. Después no la volví a ver."

"Día 6. No la he visto tampoco. Al ir a la galería me he encontrado a Casado, Gisbert y Figueras, a la puerta del Café Greco. Se fueron los dos últimos y quedé con Casado; éste, entonces, dándome antes mil excusas, me dijo que habían pensado hacer entre él, Gisbert, Dióscoro, Cabello, Figueras y Armet. Costóme un poquillo de vergüenza el oirle, pero, por otro lado, veo que son buenos chicos y que se han tomado por mí el cuidado e interés que no me merezco. ¡Dios se lo pague, que es bien grande el favor que me hacen!."

Septiembre, 1858

"11 Septiembre. He recibido carta de Fernando, en la que me da cuenta del proyecto que esperamos realizará el Marqués de Corvera. Adjunta venía otra de Maximinilla y nada traía de notable; por su silencio y ciertas palabra de Fernando, sospecho que me extralimité en mis sermones. A las dos fui a ver a Cicaglia, me aconsejó que me pusiera en cura; es un hombre muy simpático. En seguida fui a Montserrat a ver a D. José Langa y le conté lo que me sucedía. Este, con gran bondad, me dijo que fuera con ellos inmediatamente; ¡cuántas almas buenas hay en el mundo! Quedamos en que al día siguiente, domingo, a las once de la mañana, iría a verme con su médico. Volví al estudio, en el que no entré por estar Terpsicore; me acosté temprano. Cuando vinieron Vicente y Luis, le di cuenta del proyecto, el que llevaron muy a mal, porque sentían el motivo que me obligaba a separarme de ellos. Yo les convencí, aunque no del todo. A la mañana siguiente esperaba despedirme de Carlota, pero vino Guiseppe y no fue a misa."

"Acabamos de comer y me fui al estudio; se había nublado el día, y empezó a llover. Serían las tres y media cuando vino Casado, lleno de agua, y lo primero que hizo fue decirme que le había dado muy mal rato con lo que pensaba hacer; yo le tranquilicé. Estuvimos hablando, y a eso de las cuatro me fui a casa a meter alguna ropa en el baúl; la señora Pepa estaba a la ventana; me saludó y la dije que pasaría a su casa con su permiso. No tuvo inconveniente y bajé; llovía mucho; por fortuna no había fisgonas en la calle. En el patiecito jugaban los niños de Carlota. Entré y saludé a ésta y a la Sra. Pepa; estaba Cesare. Les dije que iba a despedirme, pues marchaba hacia Nápoles a las diez de aquella noche. Carlota se puso muy colorada; sorprendiéronse y me hicieron muchas preguntas sobre el motivo, la dirección y la duración del viaje, pues dije que era por la salud y aconsejado de los médicos. Carlota se levantó y salió fuera; creo que se llevó el pañuelo a los ojos. Cuando volvió, la señora Pepa la miraba a la cara; era indudable que había llorado. Di muchos besos a los chiquitines; apreté la mano a la señora Pepa, que mostraba un gran disgusto por mi marcha, y salí con Cesare, que se empeñó en acompañarme con el paraguas. En el portal estaba Carlota. Cesare se adelantó a abrir la puerta; al dar la mano a aquélla, me dijo entre dientes: "Al Pinzio." Cesare vino hasta el estudio; se despidió a la puerta, augurándome un feliz viaje; dejé el paraguas de Luis y me fui al Pinzio. Carlota me esperaba ya con Gustavo; seguía lloviendo. Apenas me vio se echó a llorar; cuando me aproximé, escasamente pudo preguntarme cómo estaba; díjela que bien, y rompiendo a llorar con más fuerza, exclamó: "Siempre decís que estáis bien, y tenéis que ausentaros para mejorar vuestra salud."

"Procuré tranquilizarla y sosegarla, pero en vano. Allí estaríamos como una media hora. Para acordarme de ella no necesito apuntar pormenores; sólo sé que debo estarle agradecido al afecto que en mí puso. Si en algo faltó, si en algo me perjudicó, más culpa tuve yo que ella; ella no podía pesar la importancia de su falta; yo la ignoraba; quien pudo tener más fácil remedio fui yo, y no lo hice: su interés por mí no fue egoísta nunca y en esta ocasión me dió de ello buena prueba. Me despedí, y menos mal que desconocía el sitio de mi triste viaje, del cual Dios sabe si saldré. Esta idea me vagaba por la mente y la apreté la mano, como si fuera por última vez. Di un beso a Gustavo; y la dejé, siempre sollozando; esto fue delante de la Villa Médicis. Ella, a buen paso, me siguió llevándose el pañuelo a la boca cuando yo la miraba y la saludaba; aquel pañuelo era el mío, yo me llevaba el suyo. Al dar la vuelta para entrar en Vía Felice, me paré y la contemplé un instante; nos saludamos y no la vi más; creía de veras que tal vez fuera aquella la última vez que la viese. Fui al estudio; estaban en él, Alvarez, Esquivel y Casado. Este y yo nos fuimos a buscar un coche a Plaza España; antes subí a cenar al Lepre; Casado me acompañó, tan obsequiso como siempre: tomamos el coche y fuimos a casa. Carlota estaba al balcón; apenas pasamos me miró y cerró: sin duda, no quiso verme marchar. Me puse el gabán, y dando un adiós al cuarto y a mi modesto catre, y a mi querida almohada, en la que tantos pensamientos había revuelto en mi cabeza, y en la que quizá no volvería más a descansar, bajé, miré al balconcito de Carlota; creía que tal vez no la viera más y la dirigí una postrer mirada y un adiós. Aquella manera de salir de casa me hizo muy triste impresión, y en vano trataba de echar de mi cabeza un pensamiento que me llenaba de pena. Tal vez mis ojos no volverían a posarse en aquellos simpáticos y querido sitios... Llegamos a Montserrat y subimos al Hospital; me esperaban los enfermeros. A poco, vino el sangrador y me acosté. Vicente no quiso verme sangrar y me dejó antes. Hecha la sangría, Casado, Esquivel y Luis me dejaron, y quedé solo. Serían las ocho y media de la noche del día I2 de Septiembre de I858."

Octubre, 1858

"24 de Octubre: estuve de paseo por la tarde con Marcial en la Plaza de S. Pedro. A eso de las cuatro nos volvimos a casa, y en el camino me encontré en coche a S. Basilio, que se maravilló de verme. A la noche vino Luis y me trajo dos chambelas; luego vino Vicente y trajo una grande. Luis fue a reunirse con Esquivel que le esperaba para ir al teatro, y Vicente se quedó. ¡Más valiera que no se quedara! Me dijo que la Sra. P. estaba en cama y que aquella tarde había estado en su casa; me dio a entender que Carlota se presentaba bastante asequible, lo que me disgustó cuanto Dios sabe: me afecté en extremo y empecé a temblar como un azogado, sin poder tranquilizarme por más que hacía. Dije a Vicente el mal que me había hecho y quiso tranquilizarme diciéndome que era una broma. Yo continué bastante agitado y con mucho dolor de cabeza hasta que me fui a la cama. Apenas me había echado, cuando, sintiendo bullir la sangre en el pecho, arranqué algunos esputos llenos de ella. Llamé a Mina, me trajo vinagre, bebí un poco con agua y al parecer se me calmó el vómito, aunque no del todo: la predisposición en que me encontraba y la vista de la sangre me acongojaron en términos, que empecé a llorar aunque sin verter una lágrima; pero lloraba. Entonces vi mi muerte segura y lo primero que pensé fue ponerme bien con Dios y perdonar muy de veras a quien yo creía causa de todo mi mal y olvidar a la que en él tenía no poca parte: dormí muy poco."

"El 26, aún arrojé algunos esputos de sangre; me levanté a la hora de comer; estándolo haciendo, vino Vicente; estuvo más afable y menos frío. El rechazó y yo defendí las probabilidades de mi muerte; él, empeñado en convencerme de que no tenía razón, y yo sosteniendo que no duraba mucho. Le di a entender lo que me había hecho sufrir en la noche del 24; él empezaba a tartamudear una excusa, pero no pude acabar de oirla; me levanté y me fui a beber un poco de agua; temía me repitiese el vómito. Vicente lo conoció y se calló, desde entonces no se ha vuelto a hablar de ella. Aun cuando yo me haya propuesto desterrarla de mi deseo, en mi pensamiento continúa su recuerdo y la quiero, a pesar mío. Al sospechar que Vicente haya logrado favores de ella, cosa que por otro lado no tengo motivos para creer, me temo se cambie en odio el cariño que le tengo; mi desgraciada facilidad en pensar mal me tienen tan disgustado, que no puedo estarlo más. Pero dado caso de que Vicente me hubiera faltado solicitándola, ¿mi resentimiento sería por la falta que cometió como amigo mío o por el despecho de ver ultrajado mi miserable orgullo? No lo sé; quiero creer fuera por lo primero. De todas maneras, ella debe haber concluido conmigo para siempre; por consiguiente, debo olvidar el ultraje, si es que Vicente lo cometió, y perdonarle y quererle mucho, puesto que me está bien empleado, como castigo a mi mala conducta."

"A los dos días vino el P. Gil y me confesé con él bastante pesaroso de mi desarreglada vida, puesto que estaba convencido que la perdía sin remedio. Me prometió volver a la octava de difuntos; se conoce que no ha podido. A pesar de todo, su recuerdo no se borró y sabe Dios cuándo se borrará; continué en aquella vida, quizá uno de los períodos más hermosos de la mía, después de la que se siguió a la profesión de la hermana de Víctor, hasta el 8 de Diciembre, día de la Virgen de la Concepción."

Diciembre, 1858

"El 9 de diciembre, al anochecer, volví a casa, después de cerca de tres meses en que la dejé creyendo no volverla a ver. Carlota se había ya mudado; no volví a verla más en su balconcito. Al día siguiente, como hacía siempre, al asomarme por la mañana y verla cerrada, sentí un poco de pena; pero me iba mucho bien en que así fuera y me resigné a no ver más a aquella por cuya causa tanto había sufrido, al menos en el lugar que tan amargos recuerdos tenía."

"Estoy contento y tranquilo y no ambiciono más. Creo que es a cuanta dicha puedo aspirar; al menos, yo, que tanto tiempo había carecido de ella. La tranquilidad a que se han reducido mis pasiones, después del triste estado a que me condujeron este verano, me hacen gozar momentos de verdadera felicidad. ¿Por qué no querrá Dios que continúe así toda mi vida? ¡Ah, sí, querrá! con tal de que yo no me olvide de El."

"El domingo vimos a Carlota. A fuerza de contenerme he conseguido convertir mi fanático cariño en un afecto de pura amistad; con todo, si ella me despreciase, tengo la seguridad que iría por el suelo la obra de mis reflexiones y el fruto de la lucha conmigo mismo; conozco que debía olvidar, pero ¿por qué empeñarse en borrar, a qué violentarse para formar el frío indiferentismo? Desapareciendo la parte culpable de este amor, ¿por qué he de aislar yo mi alma de las personas que me aman, teniendo tan absoluta necesidad de ellas? ¿Es culpable el amor? Al contrario; lo que quisiera sería amar siempre y amar mucho. Dichoso quien no conoce ni rencor, ni envidia, ni odio. Carlota cada día me da nuevas pruebas de aprecio y yo me voy persuadiendo cada vez más de lo necesario que es que esto concluya del todo."

De sus amores con Carlota al menos se conocen dos óleos, una acuarela (1858) y probablemente una magnífica academia a lápiz, (57 x 36 cm) en la colección de Rafael Gil, cuyo rostro aparece en un dibujo a tinta conservado en el M.N.A.C., sin contar la silueta que aparece al fondo del Autorretrato de 1864 y un dibujo a lápiz (Colección Rafael Gil).

1859

Y en su "diario" leemos:

"Día 3 de Octubre de 1859. - Hoy a las seis salgo de Irún para Roma. Anoche estuve chez J. J. L. cantó con Aguilera el dúo de tiple y bajo del ATILLA; cantó muy bien; algunas palabras expresaron lo que dentro pensaba. L. tiene corazón y mucho; lástima que no le ayude su físico. Llegué a Roma el 11. Vicente me esperaba en la estación del ferrocarril, su recibimiento no pudo ser más afectoso; vinimos a casa y a las siete fui a buscar a Vera y a Esquivel, que estaba en el café de la Vía Felice. Luis no había aún vuelto de Genazzaro. Sin hacer nada de provecho, he continuado hasta hoy; los primeros días después de mi llegada a ésta fueron un poco desesperados, porque me acordaba de Irún. Veía mucha indiferencia en mis amigos, lo que atribuía a poca amistad, lo que por otra parte no tengo motivos para creer; no sé cuándo querrá Dios que me dejen de una vez mis ridículos celos y mis cavilaciones. He visto a Carlota tres veces en San Carlos al Corso, pero ni aun nos hemos saludado; yo tengo sumo gusto en verla, pero a Dios gracias, esto concluyó para siempre."

"Vicente se fue a Florencia; me dio a entender un misterio que de ningún modo me quiso explicar. A Nana la veo algunas veces y aun la visito; ¿qué se diría de mí si después del pasado volviera a enredarme? No tendría vergüenza. El recuerdo de las malas aventuras y tristes amores de Carlota me tendrán sobre aviso."

No volverá a citarla. A su segunda hija tenida en el matrimonio con Maximina Martínez Blanco, la pondrá el nombre de Carlota (1872-1958). Estamos en disposición de documentar el nuevo domicilio de Carlota en Roma y el más que probable nuevo encuentro entre Rosales y Carlota en 1862-1863.

Documento en el que vienen los datos que hemos dado en este artículo.

Fragmento ampliado del texto anterior

 

 

Luis Rubio Gil

enero , 2008