ANDRÉS TRAPIELLO Y LA OBRA DE ROSALES

“Las reticencias, caricaturas o sarcasmos que luego he esbozado de algunos fenómenos del arte actual, que no me han resarcido del todo, por lo que se ve, de los malos recuerdos del pasado, han llevado a algunos amigos a la idea equivocada de que ha dejado de interesarme el arte contemporáneo. Precisamente porque le interesa a uno, y de manera capital, he escrito tanto estos años sobre Solana, sobre Ramón Gaya, con páginas llamadas a formar parte de un libro exclusivo, sobre Pedro Sema o sobre algún que otro pintor actual. Pero sólo de ellos. Y ahora, también, y sintiendo cuánta responsabilidad, de estos dos grandes y medio de nuestra pintura, Velázquez, Rosales y Picasso. Lo de Sempere, es, como puede verse, otra cosa”.

EL DESNUDO DE ROSALES

Se le conoce, y así aparece citado en los libros, como Mujer saliendo del baño, aunque otros (Juan Ramón Jiménez) lo llaman Desnudo de mujer, y fue uno de los cuadros que, a la muerte del pintor, se subastaron en almoneda, para allegar fondos a una viuda que quedaba desamparada y que en el desamparo debió de quedar, si nos atenemos al dinero que le produjo la venta de aquel medio centenar de obras, entre las cuales se contaba ésta.

No abundaban entonces los desnudos en la pintura española, los desnudos al menos que hubieran sobrepasado el propio tema, para ser «otra cosa». Acaso únicamente dos, el de Velázquez, tan secreto, y el envarado de la maja goyesca, que fue más que un desnudo, un escándalo, lo último que ha de ser un desnudo.

Todo lo que en esta vida es algo, o vale la pena, es por ser, además de lo que es, «otra cosa». ¿Y qué es entonces esa mujer de espaldas, aparte de un magnífico momento de la pintura española? Sin duda, el retrato de la intimidad, algo, que, por íntimo, apenas es susceptible de ser contemplado y, menos aún, de ser propagado. Digamos que lo que en este cuadro hay, esa «otra cosa», es el milagroso instante en el que, sin destruirla, se nos hace entrega de la intimidad de un ser vivo, de un alma, algo así como un secreto que sigue siéndolo después de habérsenos confiado y después de que nosotros lo confiemos a otra persona, ante la imposibilidad de guardar en nuestra pequeñez su desmedida envergadura.

Son muchos los que piensan que este cuadro quedó a medio hacer, interrumpido por la prematura muerte de Rosales. Todo en la vida de nuestro pintor parece roto por esa tuberculosis que segó su vida a la edad de treinta y siete años, pero de la misma manera podíamos decir que todo en ella, su modestia, su melancolía, la dulzura de su carácter, el talante silencioso de sus actos, la paciencia para sufrir los quebrantos de la salud y de la fortuna o el modo discreto de buscar la penumbra, conducían a ese temprano fin.

No, no encontramos nada en esa escena que se haya interrumpido. La mirada del pintor ni siquiera impide a la mujer entregarse al más recatado de los actos, que es el de secar el propio cuerpo, ese minuto en el que uno está más cerca de sí mismo, porque es cuando uno está, con la toalla en la mano, más cerca de su propia y desnuda muerte, más cerca de su sudario. Y si la mirada de Rosales ni siquiera puede alterar la intimidad de su modelo, la muerte del pintor tampoco pudo interponerse en la ejecución de ese cuadro. Es difícil saber si Rosales, de haber vivido, hubiera o no pintado más en él. Acaso, sí, quedó este cuadro, empezado en Roma en 1869, en un compás de espera durante cuatro años. Es probable incluso que el tiempo haya pintado lo que Rosales no pudo concluir, al menos para una sensibilidad moderna, más próxima muchas veces del dibujo y del boceto que del gran lienzo, más de una modesta figura como ésta que de un gran cuadro de tema, más de una sonata que de una sin­fonía, de manera que podríamos decir de esta pintura lo que Ramón Gaya, que tantas veces la homenajeó, dijo de él: «El cuadro puede no estar terminado, pero está ya hecho».

Y tampoco la intimidad puede ser troceada o dejada sin acabar, porque tanto si la intimidad dura una vida como si dura unos pocos segundos, como esos de los que precisó esa mujer para permanecer a solas consigo misma, en toda su plenitud, en toda su eternidad de «mujer saliendo del baño», sigue siendo intimidad completa, plena e indestructible, y de esa metafísica sensual y poética es de lo que nos habla Rosales.

Un hombre enfermo y de extraordinaria delicadeza de alma, que veía cómo se le acababa la vida, sin otras fuerzas que para pensar su infortunio, nos hizo entrega de algo que sólo puede verse como una celebración de la propia vida, de lo más valioso que ésta tiene, ese instante en el que juventud, salud y belleza se entregan a sí mismas, por el solo gusto de su verdad.

Andrés Trapiello: “Mar sin orilla”.
Península | Ficciones. 2005
(Texto facilitado por D. Rafael Gil)


Luis Rubio Gil

Junio 2020