Pinazo y Rosales
 

En la Fundación Mapfre (Madrid) y del 3 de febrero al 3 de abril de 2005, se ofrece la exposición: IGNACIO PINAZO. LOS INICIOS DE LA PINTURA MODERNA.

El completo Catálogo que recoge el contenido de la obra expuesta del pintor valenciano, viene precedido por un estudio sobre Pinazo escrito por Francisco Javier Pérez Rojas.

Para nuestro noticiario resultan especialmente interesantes las págs. 52, 54,56, 58, 59, 63 y 64, en las que Pérez Rojas estudia la relación Rosales-Pinazo. Entresacamos algunas ideas, remitiendo, a los estudiosos, al Catálogo.

En la segunda estancia de Pinazo en Roma no es menor la atención del artista hacia Velázquez y Rosales, aunque no está claro cuando conoció la obra de Rosales, pero su huella es evidente en el valenciano; Pinazo tenía que realizar cuadros de historia y Rosales podía ser el modelo más sólido.

 
   
La muerte de Lucrecia, 1871.
Rosales. Óleo sobre lienzo.
257 x 347 cm. Museo del Prado

Juegos icarios, 1877. Pinazo.
Óleo sobre lienzo.103 x 75 cm.
Diputación de Valencia

 

“Se ha dicho a veces que Ofelia de Rosales encierra las claves del bocetismo pinaziano, aunque yo diría que sólo en parte, pues consideraría como obra clave en el descubrimiento de Rosales La muerte de Lucrecia, que fue su último gran lienzo histórico. Si se presta atención al tipo de pincelada que emplea en el paño de Juegos icarios, se podrá apreciar un modo más próximo al pintor madrileño. Aún siendo patente y claramente referida por el mismo Pinazo la admiración hacia Rosales, resulta complejo delimitar los puntos de contacto iniciales. Rosales era un artista de gran prestigio entre la generación de Pinazo; sus obras habían sido premiadas y habían representado a España internacionalmente, pero, si bien fueron reproducidas en fotografías y grabados, este modo de conocimiento resulta insuficiente. Rosales debió de ser tema de conversación frecuente en los círculos artísticos valencianos; sin embargo, es preciso ahondar más en cuándo y dónde comenzó Pinazo a mirar su obra, aunque me atrevería a apuntar que esta mirada hacia Rosales en cierto sentido está relacionada con la génesis del cuadro Las hijas del Cid y tiene una continuidad y eco más directo en el lienzo del rey Don Jaime, para de ahí pasar al contexto del cuadro abocetado.”

Cita después a Lafuente Ferrari en su pregunta: “¿A dónde pudiera haber llegado Rosales, si la vida se lo hubiese permitido, en el camino que le marcaba la Lucrecia?”, Pérez Rojas afirma “Quizás una de las respuestas a esta pregunta sea Pinazo”.

Trae después a la memoria el lienzo de Casto Plasencia: “Origen de la República romana” (que yo mismo he comentado), lienzo de 1877 y que viene a ser la segunda parte de la historia de “La muerte de Lucrecia”, y un homenaje a Rosales.

Se recuerda la gran veneración que las primeras generaciones de pensionados en la Academia de Bellas Artes de Roma, sintieron por Rosales. Pinazo llego a Roma cuando el espíritu de la obra del madrileño se mantenía plenamente vivo y era punto de partida para grandes composiciones históricas.

“Pero la obra de Rosales entrañaba una lección que iba más allá de la cuestión argumental, algo que Pinazo entiende a la perfección. Así pues, la hipótesis del acercamiento de Pinazo a Rosales en su segundo viaje a Italia, teniendo como referencia principal La muerte de Lucrecia, no carece de sentido si se considera que la obra de Plasencia reflejada en el lienzo de Pinazo es, en definitiva, una consecuencia de aquélla. El 13 de septiembre de 1873 había muerto Rosales, a quien Pradilla había visto poco antes y le había hablado de la estima que tenía por dicho cuadro. En 1876 los amigos de Rosales propusieron que el Estado comprara La muerte de Lucrecia, que fue efectivamente adquirido por el ministro de Fomento Segismundo Moret”

Rubio Gil, Luis, 2000, pág 73.

“Partiendo de esta propuesta de las pasiones y el erotismo como fuerzas activas en el acaecer histórico, y a partir de los modelos de Lucrecia, Pinazo emprende una de sus obras maestras: Las hijas del Cid [cat. núm. 26]. A través de Plasencia, Rosales está de alguna manera latente en la reflexión y representación del ultraje y la violación como hechos históricos.”

 
   
Desnudo de frente, c. 1872-1879. Pinazo.
Óleo sobre lienzo. 183 x 99 cm.
Colección particular

Saliendo del Baño, 1868. Rosales.
Óleo sobre lienzo 185 x 90 cm.
Museo del Prado

 
En el apartado: “Un desnudo para una oración de artista” Pérez Rojas escribe al estudiar el “Desnudo de frente” [cat. núm. 27] que Pinazo no inaugura aquí el desnudo en la pintura moderna española porque ya lo había hecho el maestro Rosales con su magnifica obra “Al salir del baño” y porque existían los antecedentes de Velázquez y Goya, pero si crea una obra que se encadena con las creaciones de éstos, si bien ahora las ambiciones estéticas de Pinazo estaban más cerca de Rosales.
 
   
Isabel la Catolica dictando su testamento Rosales , 1873.
Rosales. Óleo sobre lienzo.
290x400 cms. Museo del Prado

Don Jaime el Conquistador, moribundo, entregando la espada al Infante don Pedro
Óleo sobre lienzo.
Diputación de Valencia

 
 

“La otra gran creación de carácter histórico realizada en Roma es Don Jaime el Conquistador, moribundo, entregando la espada al Infante don Pedro, una composición de muy distinto signo pero de similar entidad, de la que Pinazo hizo bocetos y estudios pormenorizados de gran calidad [cat. núms. 28 y 29] Con una segunda versión de ella en gran formato que presentó en la Exposición Nacional de 1881 obtuvo una segunda Medalla. El esteticismo de herencia fortunyana ha dado paso en este cuadro a una solemnidad que se muestra más continuadora de los modelos de Rosales. Generalmente se ha considerado que el influjo de Rosales llega a Pinazo a través de El testamento de Isabel la Católica, pero ya hemos incidido en el peso de la influencia de La muerte de Lucrecia. Es la síntesis de ambas obras en Pinazo lo que refleja en el cuadro que ahora comentamos, heredero de El testamento de Isabel la Católica en el plano compositivo, mientras que en la concreción plástica Pinazo parece guiarse por la lección maestra de La muerte de Lucrecia. Las manchas de color desarrolladas con absoluta soltura por Rosales en esta obra sorprendieron a algunos críticos de la época, que la veían inacabada, señalando que había «tal confusión y difusión de detalles que no se determina semblante ni detalle alguno».”

Conste, por mi parte, este homenaje a Pinazo que, como he recogido en mi libro “Eduardo Rosales”, exclamó: "¡En el entierro de Rosales el muerto era yo!"

 

     

 

   

Luis Rubio Gil

febrero, 2005

   
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